Bielas y CadelasMujeres fuertes

CICLOTURISMO CON ALFORJAS POR EL MEDITERRÁNEO

Motivación.

Ilusión.

Ganas, muchas ganas.

Subidón de energía.

Alegría.

Ya habíamos hecho rutas similares, pero saber que al final del camino encontraríamos una recompensa tan bonita nos hacía tener los nervios de siempre, más el subidón que nos daba pensar en las compañeras que llevaban algún tiempo organizando el IV encuentro de Ciclistas Diversas.

Un viaje en bicicleta desde Cartagena hasta Barcelona por el Mediterráneo

Nos despertamos a las 6:30h con las bicicletas ya preparadas desde la tarde anterior. Desayuno y ducha: no sabíamos cuándo volveríamos a ducharnos, así que nos recreamos bajo el grifo.

Pancho es el chulo de la familia…

Salimos contentas, felices, enérgicas.

Hasta ahora, siempre que habíamos empezado una ruta desde casa la habíamos hecho en dirección sur: Córdoba, Jaén, Almería… Ahora le tocaba el turno al norte. Comenzábamos así, un viaje de cicloturismo por el mediterráneo con alforjas. ¡Qué ganas!

Después de esta ruta ya conoceríamos toda la costa de levante en bicicleta, sin contar con las ganas de conocer por fin la Vía Verde de Alcoi, la Vía Augusta, la Vía Verde del Serpis… En definitiva, ¡supermotivadas!

Salimos entonces de casa, atravesamos Cartagena, continuamos, pero… ¿Quién nos iba a decir que un viento agresivo e insistente se nos iba a encarar toda la jornada?

Luchando contra el viento conseguimos alcanzar la frontera entre la Región de Murcia y la Comunitat Valenciana, donde tomamos la carretera N-332. Allí nos encontramos con una sorpresa que no nos esperábamos: a lo largo de toda la carretera hay un carril bici que llega hasta Guardamar del Segura.

Seguimos hacia delante, pedaleamos a pesar del puto viento. La energía que nos daba esta ruta nos hacía poder seguir. Empezamos la ruta fuertes.

A los 76 km encontramos el pinar que veníamos buscando. Un día de verano de un par de años atrás fuimos a la playa allí, y pensamos que sería un sitio estupendo para acampar. Y allí estábamos, después de un tiempo, acampando en un pinar a pie de playa en Guardamar.

Para acceder a la playa teníamos que pasar por un pinar de medio kilómetro de ancho y largo, muy largo. Sinceramente, extraña ver que sigan existiendo estos oasis en la costa mediterránea.

Pancho tenía a su disposición un pinar entero para él, arena de playa e infinidad de olores nuevos que investigar.

Allí, detrás de una duna y al resguardo de los pinos que nos protegían del viento caprichoso, montamos nuestro campamento dispuestas a dormir plácidamente.

Somos señoras mayores

Pero el sobre esfuerzo pasó factura. A María, que ya traía problemas con la rodilla, le había comenzado a doler al final de la jornada anterior.

Las más de 10 horas de descanso no le sirvieron para recuperarse de ese dolor, y la idea de llegar a Barcelona por otros medios comenzaba a asomar.

Pensábamos «Vamos a ver cómo va el día de hoy» , y mientras comenzábamos a pedalear mirábamos de reojo hacia aquella rodilla. Molestaba, pero la fortaleza de una mujer valiente le echaba para adelante.

La jornada comenzó sin viento, con un sol que, se presumía, nos iba a calentar el camino.

Pancho, después de corretear por el pinar y descargar energía, se colocó a nuestro lado y salimos de allí andando.

Continuamos con el carril bici junto a la carretera por el que llegamos el día anterior. La rodilla parecía que se mantenía. Dolía y reclamaba algo de atención, por lo que esta etapa nos la tomaríamos tranquilamente.

Ya pasado Guardamar del Segura volvimos a coger la N-332 para atravesar las salinas, y dejamos atrás la deslumbrante montaña de 30 metros de alto de sal. Quedaron también atrás los flamencos y el agua de las salinas, que casi rozaba la carretera.

Y pedalada a pedalada llegamos a Santa Pola. Paramos en la playa a descansar. Después de unas horas pedaleando y otras cuantas que estaban por venir, queríamos aprovechar para que Pancho estirara las patas y… nosotras también.

Llegamos hasta el Faro de Santa Pola. Más bien debajo del faro, donde existe un pequeño camino, donde paramos a comer y descansar.Este camino comunica Santa Pola con las afueras de Alicante por una zona que se llama Urbanova. Aquí, si quieres ver los aviones del aeropuerto de Alicante aterrizar te puedes tumbar en la arena y ver cómo pasan tan cerquita que puedes leerles la matrícula.

En este momento de la ruta estábamos pletóricas: la rodilla estaba dando una tregua, el sol nos saludaba, la temperatura era ideal y estábamos pasando por un lugar en el que, al igual que en Guardamar, nos habíamos imaginado muchas veces paseando con las bicis. Siempre que parábamos con la furgoneta, al ver cómo la gente iba en sus bicicletas y… Se les veía tan felices… Nos daban mucha envidia entonces, y qué bien estábamos ahora. Ahora éramos nosotras las que paseábamos en bicicleta por allí.

Con ese pensamiento seguimos en dirección a Alicante y, como dos mujeres de campo que somos (sin olvidar a Pancho, que odia las ciudades), atravesamos la ciudad lo más rápido posible. Aprovechamos todos los carriles bici que pudimos, pero en Alicante la infraestructura de carriles bici es nefasta. Carriles bici encima de las aceras, señalizados con unas líneas blancas. Algunos se terminaban en paredes, otros simplemente dejaban de existir. Tan sólo uno de los que recorrimos parecía que respondía a los mínimos de seguridad.

Pero la sorpresa fue que cuando nos dirigíamos ya a Alcoi. Nos topamos con la red de pistas ciclables de Alicante. ¡Qué maravilla!

En un principio teníamos pensado tomar la Vía Verde del Maigmó pero decidimos seguir por la vía ciclable hasta Alcoi.

Casi no teníamos agua y estábamos algo cansadas, por lo que decidimos parar a dormir antes de lo previsto. Nos desviamos del asfalto para buscar por los caminos de tierra un sitio para acampar. No tardamos mucho en encontrar nuestro rincón-casa de ese día.

Pancho bebió mucha agua al llegar, y a continuación empezó a vomitar todo lo que había bebido. Nos extrañó muchísimo, así que, al probar el agua de su botella, nos dimos cuenta de que le habíamos dado agua salada. Habíamos rellenado su botella en los lavapiés de la playa donde paramos a descansar, sin probar si era dulce o salada. Cuando nos dimos cuenta, le pusimos el agua dulce que nos quedaba, y pronto se había recuperado.

Fue una sorpresa encontrarnos con una noche húmeda y fría, pero estábamos bien abrigadas y descansamos como bebés.

Amanecer sin agua en Alicante

Amanecimos descansadas y con la rodilla de María sin quejarse. Pero teníamos el problema del agua. La jornada anterior confiábamos en que al día siguiente encontraríamos un fuente, una gasolinera, un bar… Algo. Pero los kilómetros pasaban y nada. Suerte que teníamos bebida de avena y zumo de naranja para desayunar, lo que nos hidrató por un tiempo. No fue hasta 10 kilómetros más adelante y, algunos cientos de metros de desnivel, que encontramos, por fin, una gasolinera. Llegamos con unas gotas de agua, así que llenamos todos los bidones, la botella de repuesto, la de Pancho, y saciamos nuestra sed antes de continuar.

Lo que teníamos por delante eran unos 40 kilómetros de subida, y nos los tomamos con tranquilidad para no forzar la rodilla. Llegamos a Ibi, y tras pasar por su calle llamada De Los Juguetes, en subida por cierto, dejamos atrás el pueblo. Sabíamos que algo más adelante nos encontraríamos con la bajada… Y así fue: ¡por fin el descenso! Disfrutamos de la bajada sintiendo en nuestras piernas los kilómetros que de subida (aunque ya sabemos que subir a mil metros no es una subida mortal). Tras alguna vuelta de más intentando dar con ella, llegamos a La Sarga y, por fin, cogimos la Vía Verde de Alcoi.

La Vía Verde de Alcoi en bicicleta

¡QUÉ MARAVILLA DE VÍA VERDE!

Si se hace en dirección a Alcoi es todo bajada, y puedes disfrutar de unas vistas alucinantes.

Disfrutamos todos y cada uno de los túneles. Todos mágicos, tenebrosos, recuerdos vivos y cuidados del paso de trenes lejanos en el tiempo. Trenes en los viajaban, al igual que hoy lo hacemos nosotras en bici, historias, grandes y pequeñas, bonitas y feas, todas importantes para la persona que las soñaba.

Desde hacía ya mucho tiempo que queríamos hacer esta ruta y por fin la estábamos haciendo. No dejábamos de preguntarnos cómo era posible que esta vía verde estuviera al lado de casa y nunca la hubiéramos pedaleado. ¡NUNCA ES TARDE!

¡Qué subidón!

Y con esa buena energía que nos dio la vía verde (que, si os animáis a hacerla, no os defraudará), llegamos a Alcoi. Desde allí tomamos caminos ciclables hasta llegar a Muro de Alcoi, donde decidimos pasar la noche entre olivares, debajo de un pino, en lo que eran unas terrazas de cultivo en un valle. Teníamos unas vistas fabulosas del valle y del pueblo. ¿Qué más le podíamos pedir al día? Una cena calentita y un sueño relajante.

La Vía Verde del Serpis

El día siguiente amaneció nublado. No sabíamos si llovería ni lo que nos podríamos encontrar. Queríamos llegar hasta el comienzo de la Vía Verde del Serpis, y después de unos kilómetros de bajada por carreteras secundarias, llegamos a una Vía Verde que no nos esperábamos que fuera tan flipante.

La Vía Verde del Serpis discurre por la ladera de un cañón provocado por el río Serpis. Y es tan increíble que estábamos alucinadas con lo que veíamos. Cruzábamos túneles, teníamos un acantilado justo a unos metros de nuestras ruedas y, en el margen derecho, el río.

Bajábamos, alucinábamos, estábamos tan emocionadas, tan felices

Vía Verde del Serpis

Sin lugar a dudas, otra alegría más en esta ruta que nos llevaría a Barcelona.

Tan sólo existe una pega de esta Vía Verde: piedras, muchas piedras. El camino se hace incómodo y quizás algo peligroso para ir con alforjas por el peso, pero si nosotras lo hemos hecho… Se puede, vaya si se puede.

Al terminar de descender toda la Vía, paramos a reponer energía con unos cacahuetes y seguimos camino en dirección a la costa de nuevo.

Llegamos a Gandía y atravesamos el pueblo. Mirábamos con ojos asombrados los esperpénticos edificios del Grao de Gandía. Los veíamos a lo lejos, a nuestra derecha, y pensábamos que teníamos suerte de no tener que atravesar por allí, ¡qué horror!

Decidimos parar a comer algo en un parque ajardinado, justo al lado de unos caballos que también estaban comiendo, ¡qué bonita analogía!

Cuando saciamos nuestro inmediato apetito, y sabiendo que nos quedaban 45 kilómetros de etapa, recogimos y, como habíamos llegado, nos marchamos. NOS LLEVAMOS NUESTRA BASURA; ASÍ COMO NOS ENCONTRAMOS UN SITIO, LO DEJAMOS (en ocasiones hasta lo dejamos más limpio…)

Y seguimos tirando, pedaleando casi sin pensar en nada, pasando los kilómetros uno tras otro. Queríamos llegar a Valencia por la tarde, decían las malas predicciones que iba a llover esa noche y que no pararía. Ya veríamos.

En las ciudades grandes como Valencia, sobre todo si llegamos en fin de semana, siempre tratamos de buscar alojamiento, ya que la acampada libre en los alrededores de una gran ciudad nos inquieta bastante, no nos sentimos seguras.

Tras mirar varias opciones, la más económica fue un camping en la Albufera de Valencia. Ducha caliente, enchufes, cervecita, cena y… Dulces sueños.

Un día retenidas por la lluvia en la Albufera de Valencia

Comenzó a llover a las 5:00 a.m.

Esta vez, todas las páginas de predicción del tiempo donde miramos decían lo mismo, y al parecer todas acertaron. Decían que llovería, y que seguiría lloviendo muchas horas. Hacía años que no llovía en Valencia como lo hizo en esta ocasión, pero viajar en primavera conlleva sorpresas climáticas.

Mirando por la rendija de la tienda de campaña, veíamos la lluvia caer, y cómo el viento azotaba la tienda. No tenía pinta de parar. El día lo pasamos entre cargar baterías, escribir, editar videos y leer.

Atravesamos la ciudad de Valencia por carriles bici

NUNCA CHOVEU QUE NON ESCAMPARA.

Dejó de llover, por fin. Tras más de 40 horas encerradas bajo la lluvia, a las 12:00 del sexto día de aventura pudimos continuar pedaleando, ¡POR FIN!

Teníamos muchas ganas de seguir, pero sobre todo teníamos muchos kilómetros que recuperar. Y, ahora sí que sí, teníamos que hacer jornadas de pedaleo más largas.

Salimos de la Albufera de Valencia y comenzó a chispear. Nada que nos preocupara, era una lluvia fina y débil, y, casi al final de la carretera, nos encontramos con nuestra primera sorpresa del día: tomamos un carril bici. No es que no hubiéramos cogido ninguno en los 300 kilómetros anteriores, es que, al escribir esto a posteriori, somos conocedoras del final.

La sorpresa es que prácticamente desde ese carril bici que nos llevaría al centro de Valencia, cruzamos Valencia en la magnifica red de carriles bici (seguro que mejorable, ya contaréis) de Sur a Norte, sin tener que pisar asfalto compartido con coches.

Carril bici en Valencia
Por un Carril bici a las afueras de Valencia

Alucinante. Aproximadamente 20 km atravesando una gran ciudad por carriles bici. ¡Ni que estuviéramos en Europa! En el Encuentro nos comentaron que esta red ciclista se había llevado a cabo en los últimos años, que era una demanda de hacía mucho tiempo pero no había visto la luz hasta hacía poco tiempo.

Después del mal sabor de boca de Alicante, estábamos encantadas con este cambio. Una pena no tener más tiempo para sentir un poco más la ciudad. Pero seamos honestas, no nos gustan las ciudades grandes cuando viajamos con las bicicletas, no nos gustan andando y, mucho menos, no nos gustan cuando llevamos a Pancho con nosotras en la bici.

Habiendo dejado atrás Valencia y sus alrededores, continuamos por un carril bici interminable. Era como una eterna bici-autopista: el paraíso.

Hasta que, pasando un pueblo llamado Puçol, nos encontramos con que el carril bici desembocaba en un tramo de carretera que se convertía ¡en autovía! Rápidamente, tuvimos los reflejos de tomar una pequeña salida, casi un camino, justo antes de convertirse en autovía, que nos llevó a un polígono industrial con unas calles exageradamente anchas y larguísimas.

Mirando el mapa pudimos sortear ese tramo de autovía y volver a retomar la carretera nacional, esta vez ya sin carril bici. Kilómetros después, alcanzamos Sagunt, y allí otra vez retomamos el deseado carril bici. Fue ahí donde nos percatamos de que ya estábamos pedaleando por la Vía Augusta. Nos costó darnos cuenta, lo sabemos, pero somos así…

Decidimos parar a dormir a las afueras de Xilxes, tomando una carretera secundaria encontramos un naranjal, al amparo de una casa de campo antigua. Aún podía leerse «Huerta Marta» en azulejos azules en lo alto de una de las paredes.

Debajo de una higuera cenamos, con el olor de las naranjas que crecían a nuestro alrededor. Y en el cobijo que nos daba acampar entre la casa de labranza y la higuera, dormimos.

Entre los naranjales de la Vía Augusta

A la mañana siguiente, mientras esperábamos a que secara el doble techo de la tienda de campaña, descubrimos que la higuera que nos acogió el día anterior para cenar servía de cobijo para una familia de ratones de campo. Allí estaban, metidos en un hueco formado en el tronco de la higuera, a un metro y medio del suelo, mirándonos asustados. Dos mujeres cicloviajeras y su perro habían invadido su patio.

Fue tan solo una noche, debieron pensar cuando nos vieron marchar, pero les dejamos unas nueces en la puerta de su cueva como pago.

Habíamos echado cuentas de los kilómetros que nos quedaban y de los días que teníamos para llegar a Barcelona. Teníamos que hacer unos 75 kilómetros diarios, así que nos pusimos en marcha pronto.

Para encontrar un sitio donde dormir el día anterior nos habíamos separado de la carretera, metiéndonos en una zona de campos de cítricos. Aunque era un paisaje agradable, teníamos que volver y tomar otra vez la carretera que habíamos dejado dando un pequeño rodeo.

Cuando salimos, cogimos un camino que discurría al lado de la autopista. NO FUE BUENA IDEA. Estaba la autopista y los ruidos de coches que conlleva, y además estaba todo el camino embarrado de las lluvias de los días anteriores.

Así que salimos de ese camino y, cuando paramos a mirar el mapa, un hombre nos guió muy amablemente por el mejor camino para llegar hasta Borriana. Resultó ser un camino muy agradable, carretera asfaltada pero pequeña, rodeadas de cultivos, y además dejaríamos la nacional unos kilómetros.

A la altura de Borriana volvimos a retomar la Vía Augusta, pedaleando de nuevo por el carril bici que va junto a la carretera nacional. Por este carril bici llegamos hasta Almanssora, donde nos desviamos hacia el Grao de Castelló para evitar la ciudad de Castelló. Aquí nos volvimos a horrorizar de las construcciones a pie de playa. ¡Qué atentado contra el medio ambiente! ¡Qué impunidad!

Vía Verde de Orpesa

Pedaleamos por el carril bici situado en primera línea de playa hasta llegar a Benicasim. En esta población no dejamos de pisar carril bici, hasta que, al salir de Benicasim nos encontramos con una grata sorpresa: la Vía Verde de Orpesa.

Cuando preparamos los viajes no sabemos exactamente por dónde vamos a pasar. Sí elegimos algunos sitios que no nos queremos perder, pero dejamos que sea el propio camino el que nos diga el itinerario por el que continuar. De esta forma las sorpresas que nos llevamos son más grandes.

Vía verde de Orpesa

En esta ocasión, la Vía Verde de Orpesa fue una sorpresa grande y muy agradable. Esta vía atraviesa montañas, intercalando paredes de piedra del antiguo trazado con playas chiquititas, que en período estival seguro que son una gozada para refrescarte.

Nos habíamos propuesto llegar hasta Santa Magdalena de Pulpis para dormir por los alrededores. Volvía a amenazar lluvia y estuvimos cerca de 20 km buscando un sitio donde dormir. Pasamos Santa Magdalena de Pulpis sin encontrar nada, así que seguimos adelante. Más bien buscábamos una casa abandonada, habíamos dejado muchas edificaciones de labranza que en otros tiempos habían albergado vida y que ahora sólo eran atractivas para los animales y para dos cicloviajeras y un perro practicando la autosuficiencia.

Así que cuando vimos, ya en Peníscola, el caparazón de una discoteca abandonada, no lo dudamos. Nos metimos dentro, admiramos la cantidad de graffitis que adornaban las paredes y buscamos un rincón cómodo donde plantar nuestra tienda.

Un rinconcito de la discoteca

Lo que hacía unos años sirvió para la diversión y el desenfreno, hoy nos servía de freno y resguardo de una etapa de casi 100 km. Estábamos a resguardo, teníamos techo y si llovía… ¡QUE LLOVIERA! Aunque esa noche no llovió.

Estábamos cerca del Delta de l’Ebre

A la mañana siguiente nos levantamos temprano. Irse pronto a la cama conlleva levantarse muy pronto. Habíamos dormido de maravilla, por lo que la etapa sería agradable, pero… De nuevo la meteorología estaba en nuestra contra. La predicción decía que llovería por la tarde. Con esa perspectiva, recogimos rápido y nos pusimos pronto a pedalear.

Para esta jornada habíamos previsto atravesar el Delta de l’Ebre. En un principio nuestra idea era pasar allí un par de noches, darnos una vuelta por el Delta y conocerlo mejor. Pero las lluvias en Valencia no nos dejaron mucho margen de tiempo. Teníamos que llegar a Barcelona en un par de días.

De esa manera, seguimos pedaleando mientras dejábamos atrás poblaciones como Benicarló o Vinaros. Tras dejar esta última atrás, ¡por fin llegamos a la frontera con Catalunya! Aunque aún nos quedaban muchos kilómetros que recorrer, estábamos pletóricas al haber recorrido la Comunitat Valenciana entera, de sur a norte.

Cuando, a la tres de la tarde, comenzó a llover, nosotras ya habíamos recorrido unos 60 km y estábamos a pocos kilómetros de L’Ampolla. Como en días anteriores, habíamos estado mirando casas de labranza abandonadas para resguardarnos de la lluvia. Mientras pedaleábamos por la carretera nacional divisamos una de éstas entre unos árboles. Sin pensarlo nos bajamos de la bici y fuimos a echar un ojo. Tenía el techo semiderruído pero con una parte lo suficientemente ancha como para resguardar la tienda. Era perfecto, esa sería nuestra madriguera esa noche.

La casa original debía constar de dos plantas, Y el piso superior se había construido con cañas atadas con cuerdas de forma artesanal. Cuando acampamos en sitios así es imposible no pensar en la vida que rodeó a ese lugar.

Esa noche llovió e hizo mucho, mucho viento. Pero la casa, al igual que en otros tiempos resguardó a sus habitantes, esa noche nos resguardó a nosotras.

Entramos a Tarragona por la Vía Augusta

La etapa siguiente se disponía sin viento, sin lluvia, con solecito… Paraíso cicloturista. Así que estábamos encantadas con la jornada que venía. Sobre todo, por que estábamos a muy poquitos kilómetros de Barcelona. Quedaba ya muy poquito camino.

Para esta etapa teníamos la intención de no pisar más de lo debido la nacional N-340. Así que diseñamos una ruta en la que íbamos por calles y carreteras secundarias, más bien caminos, que resultó ser más que nada un laberinto de subidas y bajadas. Lo único que conseguimos fue retrasarnos y hacernos creer que no llegaríamos a tiempo a nuestro destino.

Tras desesperarnos y enfadarnos con nosotras mismas por meternos en esos berenjenales, decidimos mirar con detalle el mapa y trazar la mejor ruta. Una que nos permitiera avanzar sin demorarnos más. Así, decidimos retomar la nacional N-340 para poder recuperar el tiempo «perdido». Por esta carretera llegamos a Cambrils, donde de nuevo nos topamos con un carril bici que nos encauzó hasta Salou.

Una vez allí, nos fue muy fácil ganar Tarragona, aunque, como siempre, nos estresó el tráfico, la gente, el ruido… Pusimos de manifiesto nuestra ignorancia al descubrir la gran cantidad de restos romanos en esta ciudad. Por algo la Vía Augusta pasa por allí.

Quedaba sólo una noche de ruta, ya que al día siguiente queríamos estar en Barcelona. Habíamos acordado entrar, junto con la otra Caravana de Mujeres que se había organizado desde Zaragoza, todas juntas a la ciudad de Barcelona. Por eso, cuando María mencionó sus ganas de una ducha caliente para estar «presentable» cuando llegáramos al destino, ¡no nos lo pensamos dos veces!

Encontramos un camping muy barato; estábamos en temporada baja, a unos 15 km a las afueras de Tarragona, y el sitio era espectacular. Además, tenía una ducha caliente que nos quitó de golpe todo el cansancio, y también el estrés que nos había provocado atravesar Tarragona.

Estábamos descubriendo la costa catalana mediterránea, pero teníamos algo de prisa, así que nos prometimos volver, al igual que al Delta de l’Ebre y a Tarragona para conocerlo mejor.

Entrada triunfal a Barcelona de 15 MUJERES Y UN PERRO

Nos levantamos muy entusiasmadas, ese era el día en que llegaríamos a Barcelona. Estábamos muy emocionadas, con muchísimas ganas de conocer a las mujeres cicloviajeras que seguíamos por las redes. Íbamos a conocer a muchas de las que eran nuestros referentes cuando comenzamos a viajar. ¡Estábamos pletóricas!

Llegamos a L’hospitalet de Llobregat y esperamos a que llegaran. Qué energía, qué poder de caravana cuando las vimos llegar. 13 mujerazas con sus bicicletas paseándose por la tierra.

Ahora ya eramos 15 mujerazas y un perro, ¡cómo mola sentirse parte de algo que desprende tanta energía positiva!

Entrada a Barcelona

La llegada a Barcelona fue caótica, como lo es intentar atravesar ciudades tan grandes en bicicleta, no podía ser de otro modo. Pero llegamos. Por fin, ¡llegamos!

La crónica del encuentro se la dejo a Mujeres en bici, que lo narran estupendamente.

Esperemos que os haya gustado esta crónica, y sobre todo ¡que os anime a salir a conocer el mundo en bicicleta!

Nos vemos en los caminos.

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